Pienso en la palabra elegante, ¿qué es realmente ser elegante? No es una de esas palabras que uno se suele preguntar qué significa, pero sin embargo podemos decir tranquilamente cuando vemos a alguien así, sin ningún pudor de estar errando al concepto. Me viene la duda y busco el significado. Elegante, del latín elegans, deriva del verbo eligere. La Real Academia Española lo define así: una persona que viste con buen gusto y distinción. Cuando se aplica a cosas o lugares, se refiere a aquello que revela refinamiento, gracia, sencillez y armonía.

De toda esta definición lo que me hace ruido es el buen gusto. ¿Por qué? ¿Quién define el buen gusto? ¿Por qué se considera lo exuberante y abarrotado de elementos hoy  en día de mal gusto? El gusto según Pierre Bourdieu no es una elección personal e innata, sino una construcción social y una herramienta de distinción de clase. Las clases dominantes son quienes definen qué constituye el buen gusto. Y esto me lleva a recordar por qué las clases aristocráticas buscaron diferenciarse en su momento de los nuevos ricos. Allá por el siglo XI cuando se establece el feudalismo y la descomposición del poder monárquico, se produjo el aumento de las rentas señoriales y la elevación del nivel de vida aristocrático. Ellos buscaron imitar a la nobleza, aumentando el consumo del lujo. Pero fue con el surgimiento de la burguesía compuesta por hombres de negocios, los mercaderes y los banqueros en el siglo XIII, que nace la movilidad de la moda. Los burgueses comenzaron a tener acceso a poder consumir los gustos de la clase a la cual deseaban pertenecer. Pero este no era el deseo de los aristócratas, quienes se horrorizaron y cambiaron sus gustos y consecuentes consumos escapando de la igualdad social que suponía esto. Es a partir de esta huida de la clase social considerada más prestigiosa que, al verse reflejada en las clases populares y trabajadoras, aún hoy en día busca diferenciarse desde su estética y demás elecciones, generando abruptos cambios en lo que denominamos moda, y una cada vez más rápida aceleración en sus modificaciones a todo lo que se aplica: la arquitectura, la indumentaria, el mobiliario, los automóviles, así como también las experiencias, como los viajes. Como sucedió en Mar del Plata con la llegada del turismo popular alrededor de la década del 50, fue en estos años que comenzaron a disfrutar del beneficio de las vacaciones pagas y el aguinaldo, cambiando con el correr del tiempo —y las inversiones burguesas— la fisonomía de toda la ciudad y expulsando a los aristócratas que huyeron del bullicio a otros destinos.

Al pasar por la costa, por la esquina de las calles Alvear y Moreno, y ver el hotel Château Frontenac, podemos ver un símbolo de la elegancia aristocrática marplatense de principios del siglo XX, tapizado por enredaderas y digno de un escenario de ciencia ficción distópica. Denotando el abandono al que están destinadas muchas obras arquitectónicas que no han podido ser rescatadas y revalorizadas. Y ya sabemos lo que va a pasar: vendrá un grupo inversor a demoler esta imponente obra, para construir otra acorde a lo que ahora se considera lujo, para que en un futuro, cuando ya la ciudad esté colapsada de edificios sin inquilinos a quien alquilarles —por la decreciente tasa de natalidad, la eliminación de las vacaciones y el aguinaldo que ahora proponen, así como la privatización de la educación y el consecuente freno al ascenso social de las clases trabajadoras—, ese edificio sufra el mismo destino que su primo hermano del pasado.

Mientras los dueños de las numerosas propiedades deshabitadas, que se verán como la montaña de ropa del desierto de Atacama, huirán para poder seguir disfrutando su tiempo libre, con la austeridad del campo, los sweaters de tejido de lana merino tejidos a mano, las comidas realizadas con alimentos de su propia huerta sin agroquímicos, los mobiliarios de materiales nobles como mármol de Carrara o roble y la electricidad generada por paneles solares, seguirán haciendo crecer su capital en algún otro destino que también estará destinado al olvido.